viernes, 3 de mayo de 2013

La masacre de Bangladesh y la rebelión de las obreras textiles


Cuánta bronca me dio enterarme de que siguen apareciendo muertxs en Bangladesh. Hice un rap que subí a mi fb, homenajeando a las textiles. Cuando tenga tiempo lo subo por acá. La letra dice así:
Grita por aquellas mujeres de Bangladesh que ya no pueden porque en un taller han muerto aplastadas porque a sus patrones sólo les importa la guita y que la crisis la paguen las obreras esclavizadas. 
Grita por aquellas que se levantaron antes que vos para alzar su voz aquel histórico 8 de marzo: las textiles luchaban por sus derechos y murieron calcinadas en aquella fábrica.
Yo grito junto a Norma y las textiles, las precarizadas y las que están en blanco, obreras y estudiantes, unidas y adelante, vamos a gritar bien fuerte, que se escuche en todas partes!
Grita! 


Mientras nos enteramos que las “cifras oficiales” (dadas por el ejército) ya admiten 510 muertos/as, y mientras “La comandancia militar bangladeshí ha cifrado los desaparecidos en algo más de un centenar, mientras que familiares de las víctimas citados por medios locales hablan de hasta 400″, se mantienen las movilizaciones y luchas…
Posteamos abajo una muy buena nota del camarada Lucho Aguilar sobre la situación en Bangladesh



Fecha: Jueves 2 de mayo de 2013
1. Masacre en las vísperas
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Ese 24 de abril, algunas obreras sentían que las paredes crujían. A pesar del ruido de las overlocks podían escucharlo. A pesar del polvo podían ver las grietas. Pero no las dejaron ir. Una de ellas escapó, quizás dos, pero 4000 siguieron cosiendo, poniendo las brillantes etiquetas, embolsando. Hasta que el estampido aplacó las overlocks y barrió el polvo de las salas, acalló el murmullo de las obreras para convertir todo en silencio y escombros. Después, los gritos. Miles de gritos. De dolor, de socorro, de furia. Los que lograban salir buscaban a sus familiares, a sus amigos. Ese 24 de abril, uno de los edificios que aloja decenas de talleres textiles en Dacca, la capital de Bangladesh, se vino abajo, arrastrando máquinas y cuerpos.
En la víspera del 1º de Mayo, ya contaron 405 víctimas fatales. Pero saben que cuando terminen de levantar los bloques serán muchos más. Este 1º de Mayo, como pocas veces, el capitalismo volverá a mostrar que es capaz de ofrendar las vidas obreras que hagan falta, para sobrevivirse.
2. Made in Bangladesh
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En la “sastrería de Occidente” manda la dictadura del capital. No son sólo capataces bengalíes los que ponen las reglas. Las ordenan por teléfono los gerentes de las grandes marcas europeas y norteamericanas. Zara, Levi’s, Lee, Calvin Klein, Tommy Hilfiger, Walmart, Carrefour, Nike, Ralph Lauren, Primark.
La deslocalización de la industria textil y de la moda pegó un salto en las últimas décadas. Las conquistas que, a pesar del neoliberalismo, tenía el movimiento obrero de los países centrales, llevaba a los capitalistas a tercerizar la producción en fábricas de los países asiáticos y centroamericanos.
Bangladesh es el paraíso para los popes de la moda. El Manchester del siglo XXI. Tres millones y medio de trabajadores pasan sus días en sus plantas textiles, 12, 14 horas por día. Las telas y confecciones que producen se exportan por 5 mil millones de dólares, pero ellos cobran 32 dólares mensuales. Peor: por la inflación, el salario real cayó entre un 30% en los últimos tres años.
En Dacca, un 53% de las empresas no paga las horas extras y un 15 % no pagan los salarios a tiempo. Si van a terminar doblados, extenuados, muertos de hambre, de esfuerzo, de escombros, ¿para qué mantenerlos? se preguntan algunos patrones.
Por eso la tragedia de las vísperas del 1º de mayo se suma a la del 24 de noviembre del año pasado, hasta alcanzar los 900 muertos en la industria textil en los últimos 10 años.
3. Policía industrial
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El gobierno tiene sólo 18 inspectores para controlar las condiciones de trabajo de las 100 mil plantas y talleres que funcionan alrededor de Dacca, pero creó una “policía industrial” para ayudar a los empresarios a disciplinar a quienes se rebelan contra tanta opresión.
De las 5 mil fábricas textiles de Bangladesh, en sólo 15 hay organización sindical. Las grandes marcas hablan de “responsabilidad social empresaria” en los canales de la metrópoli, mientras salen a cazar quien quiera organizarse en las calles y fábricas de Dacca. El activista Aminul Islam fue encarcelado y torturado durante 30 días a pedido de empresarios proveedores de Carrefour y WalMart. A los pocos días de ser liberado, Islam apareció muerto con signos de tortura.
Pero no hace falta ser arrestado para estar enjaulado. La mayoría de los que quisieron escapar del derrumbe se encontraron con puertas cerradas, candados y rejas.
¿Sólo Bangladesh tiene una policía industrial, o en realidad todo el capitalismo necesita de sus perros guardianes, dentro y fuera de las empresas, para perpetuar la explotación?
4. Las manos de Farida
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Las manos de Farida están atadas. Cosen, descosen, vuelven a coser. Las manos de Farida están cansadas. Pasan las telas, pasan las horas. Las manos de Farida están vacías. No tienen pan, no tienen dinero. Las manos de Farida están rotas. Doloridas, endurecidas, encallecidas, abatidas. Las manos de Farida están caídas. Después del derrumbe, su madre no puede levantarlas.
¿Quién las levanta, quién las hace puño, piedra, bandera? ¿Quién las despierta, las alivia, las llena de odio? ¿Quién las convierte en fuerza demoledora, vengadora, hasta que las fábricas sean nuestras, de todos?
5. Costureras
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El 90% de las víctimas de la industria textil (y hoy de sus escombros) son mujeres. Llegadas desde las zonas rurales, les cambian las picas por las overlocks, pero sigue siendo de sol a sol. Y más: después vienen las “tareas del hogar”.
Según estudios sanitarios, el 68% de las mujeres bengalíes sufre de debilidad y fatiga constante. El segundo gran problema de salud son las úlceras gástricas por los bajos ingresos y los hábitos alimenticios irregulares (¿a quién le toca comer hoy?). Le siguen los dolores en el pecho, la espalda, la vista y articulaciones, todo derivado de las condiciones de trabajo. El acoso sexual está “regulado”: lo imponen los capataces y la policía industrial.
Las infecciones urinarias corren como una plaga: si no las dejan irse cuando se está por derrumbar el edificio, ¿por qué las van a dejar interrumpir su trabajo para ir al baño?
La “sastrería de Occidente” no ha aceptado poner guarderías para los hijos de las obreras. Ni salones con juguetes, ni maestras que hacen mimos, ni galletas dulces para comer tirados en colchonetas. Si no soportan el hambre, pueden entrar a trabajar en las mismas fábricas que sus madres.
6. Manos pequeñas, sueldos pequeños
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Shanta tiene 9 años. Reparte su tiempo entre la escuela y la fábrica de válvulas. Entre la tabla del 2 y el golpe de las máquinas. Esos golpes le robaron un pedazo de dedo y le deformaron otro. Pero otros compañeritos se llevaron peor parte.
En Bangladesh, 13 millones de niños y niñas trabajan. Textiles, servicio doméstico, metales, ladrilleras y minas. Muchas de ellas terminan en las “casas para solteros” de India.
En el edificio derrumbado el 20 de abril había niños. Cobran mucho menos que (lo menos) que cobran los adultos. El último eslabón de la cadena de la esclavitud asalariada. 10 dólares por mes, sin máscaras, sin guantes, sin comida. Sin lápices, sin juguetes, sin sonrisas. Hasta que la noche traiga el sonido de la sirena de la fábrica.
Periodista: ¿Y cuando juegas?
Ruman (obrero metalúrgico, 11 años): Salgo a jugar cuando se va la luz en la fábrica. En ese momento salimos todos a la calle a jugar a la pelota. Periodista: Los domingos no trabajas en la fábrica, ¿Qué haces? Ruman: Duermo. Duermo mucho. Casi siempre estoy cansado. *
7. Ropa sucia
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Zara, Levi’s, Lee, Calvin Klein, Tommy Hilfiger, Walmart, Carrefour, Nike, Ralph Lauren.
La joven entra al Corte inglés, la principal tienda de España. Las luces la encandilan, las escaleras la deslizan por pisos y entrepisos, la llevan entre ofertas y maniquíes, la meten en una tienda luego en otra, la entregan a los vendedores que la giran y cautivan con talles y colores, que le eligen la camisa blanca y la vuelven a girar, que le dicen está-hecha-para-vos. La camisa-hecha-para-ella tiene una mancha de sangre en el cuello. Le traen otra, pero desgarrada, como si una mano se hubiera aferra a ella antes del abismo. Le traen otra, empapada, mojada, enteramente sudada, como si alguien hubiese cocido 12, 14, 16 horas envuelta en ella. Otra más, pero con las mangas quemadas, escaldadas, puede sentir el calo
8. Grito
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(afiche de convocatoria a la marcha tras la masacre de noviembre de 2012, con 124 víctimas fatales)
“Me encerraron
Me quemaron viva
No quiero más conferencias de prensa
Porque la fábrica es una cárcel
No acepto trabajar encerrada”

9. En nombre de las generaciones masacradas y esclavizadas
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La ofensiva burguesa de las últimas décadas extendió el capitalismo a áreas más vastas del planeta. Miles de millones de campesinos hoy trabajan (y mueren) en las fábricas de China, India, Bangladesh. También extendió, a su manera, a la clase que lo sepultará. ¿O merece otro final este sistema criminal?
Cuando todavía los rescatistas escuchaban murmullos debajo de la montaña de telas y ladrillos, la furia se desató. Los obreros que escaparon y los familiares de los muertos recorrieron las calles, golpearon las puertas de los talleres, enfrentaron a la policía.
Los gritos no fueron solo de dolor. El odio contra los capitalistas asesinos, de Dacca y de Madrid, aturdió la zona industrial. Como aquellas obreras que, luego de la masacre de la fábrica Cotton de Nueva York, recorrieron las calles año tras año para reivindicar a sus mártires, y para exigir derechos, jornada laboral de 8 horas, permisos de maternidad y lactancia, a organizarse en un sindicato.
Las mujeres bengalíes fueron parte de la “primavera árabe”, cuando enfrentando al gobierno y los clérigos islamitas, marcharon en abril de 2011 para reclamar más derechos. Son las mismas que, para escapar a la policía industrial y enfrentar la discriminación de algunos funcionarios sindicales, se organizan en los barrios obreros de Ashulia.
Hoy tapan las lágrimas con un grito de furia. “Tanto el odio como la voluntad de sacrificio se alimentan de la imagen de los antecesores esclavizados”. (Walter Benjamin)
10. Bangladesh está cerca
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¿Quién dijo que Bangladesh es otra época, otro mundo?
¿Quién dice que no son las mismas empresas, los mismos modos de producción, el mismo capital que acá y allá convierte al trabajador en una bestia de carga? Que lo exprime, la descarta, lo mata.
¿Quién dice que aquí se impuso la vieja bandera del 1º de Mayo y los mártires de Chicago, de las 8 horas de trabajo, las 8 de descanso y las 8 de ocio? ¿Y que no hay talleres textiles que exprimen a nativos y sobre todo inmigrantes, incluso hasta la muerte? ¿Y que no hay grandes marcas que tercerizan, y gobiernos que garantizan esa explotación?
A pesar de las conquistas de nuestra clase, Bangladesh no puede estar lejos para nosotros/as.
Como dijo George Engel, uno de los mártires de Chicago y el 1º de Mayo ante el tribunal que lo condenaba. “Comprendí que para el obrero no hay diferencia entre Nueva York, Filadelfia o Chicago, así como no la hay entre Alemania y esta república tan ponderada… Entonces entré en la Asociación Internacional de Trabajadores. Los miembros de esta asociación están convencidos de que sólo por la fuerza podrán emanciparse los trabajadores, de acuerdo con lo que la Historia enseña. En ella podemos aprender que sólo por la fuerza fue abolida la esclavitud…”
Sólo un partido mundial de la revolución terminará con las masacres capitalistas y su ropa sucia.
* en www.vanguardia.com
r al tocarlas. Disculpe señorita, hoy no tuvo suerte, no tenemos camisas-hecha-para-vos. Era tarde, la joven ya había guardado su tarjeta de descuentos y corría por el pasillo, alejándose de las luces y los maniquíes. Las costureras de Bangladesh, como espíritus vengadores, recorren las tiendas de la vieja Europa.
Cuando escuchen la última súplica de los capitalistas de la moda y ardan las marquesinas, que no digan que no les avisaron.

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